
La respiración se acelera rápidamente, toma el volante con la mano izquierda y aprieta el cambio con la derecha. Los pies comienzan a hacer un tímido bailecito arriba del acelerador y del embrague. Aprieta a fondo el primero, suelta intempestivamente el segundo.
El ruido de las gomas de las llantas llena el espacio vacío del estacionamiento, aunque no logra satisfacerse del todo, porque no sabe si salió humo entre sus ruedas y el cemento. En el entretanto sólo una señora -que casi suelta las bolsas por el susto- y un empacador, lo han visto. Él se sonríe autocomplaciente, mientras los mira por el espejo.
Es el burgués medio, el joven profesional que no sabe en qué gastar el sueldo y que cree que a través de este tipo de estupideces está dando una gran muestra de su libertad.
La escena que se da en su oficina es distinta, pero en el fondo la misma. Lo llama el jefe, le dice a todo que sí, pero cuando algo no le gusta se queda callado, mientras lo putea en su mente.
Cuando sale del cubículo no se despide del viejo deliberadamente, lo mira la secretaria y él se desabrocha el último botón de la camisa, aunque se cuida que se lo tape la corbata.
Mientras revisa su e-mail comienza a estructurar una y otra vez la respuesta perfecta, lo que debió haberle dicho al jefe, excelentes argumentos, tan buenos como inútiles, por que aunque se los dijera más tarde estarían fuera de contexto. Él no se preocupa, ensayara el guión cuando salga de la oficina y se tome los copetes con los amigos. Ahí les va a contar lo que "casi" le dijo...
La escena se va a repetir cuando se acueste al lado de su señora, claro que esta vez la historia será complementada por los comentarios de los amigos, que le admiraron su poder de expresión, respecto a lo que “casi” le dijo...
La misma versión, esta vez reestructurada para un público distinto adquiere características espectaculares, ya no se trata de lo que “casi” le dijo, sino lo que según él en verdad dijo, todo tan espectacularmente recreado como ficticio para que la mina que le sirve el café se sorprenda y quizá le suelte “algo” uno de estos días. Ella no está ni ahí, sólo piensa en que la propina sea tan buena como la del viejo que vino ayer a contarle como había subido y bajado a un pendejo, salido de una privada, que cree que por su título puede andar con el botón de la camisa desabrochado.

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