
“Ven conmigo, Elisa, pobrecita mía. Ven conmigo y contempla desde la puerta la imagen de todo lo que desearías con toda tu alma llegar a ser para huir de tu femineidad incompleta y de un destino incierto y airado, quisieras ser por ejemplo, como aquella jovencita que está sentada en aquella mesa con sus papas. El joven que esta a su lado es su novio.
Probablemente es quien invita hoy, para congraciarse con los suegros. Por debajo del mantel, entre plato y plato se dan pequeños estrujoncitos de manos, y así son inmensamente felices. Se saben seguros ahora y en el porvenir. Dentro de un tiempo se van a casar y...segundo acto: en aquella otra mesa ya tienes el matrimonio formal y seguro que han deseado ser. Han venido a celebrar su sábado y la fausta eventualidad de haber salido bien de un negocio.
Quizás esta misma noche, antes de eliminar todos los vapores de unas libaciones desacostumbradas, engendren al primogénito, que...tercer acto...lo verás sentado junto a ellos, ya mas maduros, en aquella otra mesa. Pronto ya no lo traerán, ni siquiera vendrán ellos, porque otros hijos llegaran y otras graves obligaciones les harán considerar como un despilfarro extraordinario venir a gastarse 50 Lucas en una cena cuando en casa no hay más que añadir una sopa a las croquetas sobrantes del mediodía y, si acaso, freír un huevo para papá.
La continuación de tu historia ya no la podemos ver aquí, porque se hace más hogareña y más íntima. Precisamente todo lo hogareña y todo lo intima que tu deseas ser en el fondo, aunque te salgan varices y te engordes; aunque estés demasiado acostumbrada a las zapatillas; aunque seas infinitamente menos deseable que eres hoy porque ¿extraña cosa! ¿Eh? Entonces te sentirás infinitamente más mujer de lo que te sientes hoy”.


