Thursday, March 30, 2006

"Oscuridad, amor y otras sandeces"


“Estoy cansado de la oscuridad” dijo hace unos días un amigo, refiriéndose en términos exclusivamente musicales y tenían que ver con el estilo musical que sonaba en aquel instante.

Si bien lo que logró fueron risas burlescas de los presentes, a mí me queda dando vueltas desde ese día la frase. No porque sea trascendente o novedosa, sino porque creo entender perfectamente aquel sentimiento.

Llega un momento en el que te das cuenta que lo que realmente necesitas son "amigos artísticos" que estimulen, que abran canales, no que los cierren y depriman. Es la necesidad cotidiana de la sonrisa, del gesto amable, del gesto de amor desinteresado.

Una pieza musical, desde mi punto de vista, y de cualquier vertiente artística, debe poseer diferentes elementos que la hagan algo único, debe tener eso que se transforma en innombrable pero que te deja una sensación de satisfacción que nada te la quita. Tal vez por eso encuentro "inacabada" una persona cerrada musicalmente, políticamente o lo que sea. Debe haber espacio para la sorpresa, para la angustia, pero también para la alegría. De otra forma, no se puede vivir..... ¿O sí?
Siempre recuerdo que, en el patio de la escuela, cuando aparecía la palabra "poeta" o "poesía", todos los pendejos se reían y se burlaban. Puedo ver porqué: es un producto falso, snob y endogámico por siglos.

Es ultra delicado, sobreapreciado. Es un montón de mierda. Durante siglos la poesía es casi basura total. Es una farsa. Ha habido grandes poetas, no me entienda mal. Hay un poeta chino llamado Li po. Podía tener más sentimiento, realismo y pasión en cuatro o cinco sencillas líneas que la mayoría de los poetas en sus doce o trece páginas de mierda. Y Bebía vino también. Solía quemar sus poemas navegar por el río y seguía bebiendo vino. Los emperadores lo amaban porque podían entender lo que decía. Por supuesto, sólo quemó sus poemas malos....

Saturday, March 25, 2006


Dada la cantidad de estupideces que he escuchado y visto por los medios (como el error que cometió el diario la Cuarta (hace bastante tiempo ya) Al poner la foto de un tipo que no era y tildarlo de "¡asesino!"), Todo esto debido al lamentable asesinato de un cura en la Catedral De Santiago a manos de un "lolo satánico", me di cuenta que el supuesto avance cultural del que algunos se hacen cargo, no es tal.

Se han visto los mismos reportajes que veíamos en sábados Gigantes en los 80, con imágenes de apoyo de Kiss, flyers de zines trash de los 90 y rayados tildados como satánicos por la prensa, entre los cuales aparecen signos anárquicos o de otra índole, incluso hip-hop.

Testimonios de "curas" exorcistas de la pobla "no-se-cuantito" de la señora amiga de la vecina del cabro diciendo (con voz de cahuinera) “si aquí se juntaban puros chascones a escuchar música rara y se vestían de negro..."

La estigmatización de ciertas conductas sociales por parte de la mass-media ya no es algo nuevo y representa lo mejor y lo peor de este nuevo periodismo que se rige por el formato farandulero de exaltar lo tildado como bueno por el populacho y crucificar, sin rigor investigativo de por medio, a lo diferente y no masivo.

Yo no se ustedes pero a mi todo esto me huele a pueblo chico...infierno grande.

Sunday, March 19, 2006

Before Sunset...


Durante el último tiempo he ido súper poco al cine debido a que sinceramente no he visto nada decente en cartelera. He estado divagando entre lo absurdo de ver algo bueno en el cable y pensar que pronto llegara algo que valga a pena. No están las películas que quiero ver, salvo King kong que la vi con mi novia y la verdad no quiero volver a verla nunca mas...

Pero hace algún tiempo ya corrí a ver Antes del Atardecer (Before Sunset) de Richard Linklater -que es uno de mis directores favoritos- y además la primera parte de esa película hecha nueve años antes: Antes del Amanecer (Before Sunrise). Digamos que ésta en su momento me marcó bastante, y quizás marcó también a una generación.

Sé que suena un poco exagerado, da un poco de plancha que te marque tanto una película tan romanticona, pero finalmente es de amor de lo que estamos hechos. Y en realidad diría que estamos hechos de las carencias del amor. Jeannette Winterson, una autora inglesa de novelas que me gusta mucho comienza un libro increíble (Escrito en el cuerpo) con la siguiente frase:

"¿Por qué la pérdida es la medida del amor?"

Este texto, a la vez demasiado obvio y demasiado lúcido, me resuena nuevamente y me hace sentido después de ver Before Sunset. Y aquellas cosas que me hacen identificarme dentro de mi particularidad personal, son finalmente las que identifican a todo el mundo.

Tuve tiempo de llegar antes a la sala, mucho antes que empezaran las sinopsis, y vi cómo fueron entrando uno a uno los espectadores. Ver sus caras, especular sobre quiénes eran. Hay que agregar el dato de que era la función de las 6 de la tarde. Es decir, no era público común y corriente. Era una audiencia más específica. Y sí: tres parejas heterosexuales, varias mujeres solas, grupitos pequeños de amigas. Todos buscaban encontrar la identificación que encontraron hace diez años.

Las "amigas" eran más jovencitas, todavía iban en busca de esa aventura romántica. Las parejas buscaban los mismos códigos de conexión que tienen los protagonistas. Y las mujeres solas, eran todas de treinta para arriba. Como la protagonista. ¿A alguien se le perdió algo en el camino?

Me puse a observar con especial interés a un par de lolitas que estaban sentadas delante de mí. Hablaban. Mucho. Y fuerte, sin ningún problema.

Una planteaba un punto de vista sobre una cuestión de negocios; llevaba pelo corto y desordenado, zapatillas rojas de lona y caña alta (las tenía sobre el respaldo de adelante), jeans con cinturón de remaches. La otra, la interrumpía todo el tiempo riéndose coquetamente, diciendo: "Yo opino que...". Llevaba pelo largo con pinche, vestido y zapatitos con traba.

Parecía un diálogo extraído de cualquier película de Linklater. Personajes que se apasionan por las cosas que hablan; da igual si son cosas tontas o realmente profundas. Se miraban y se reían y se besaron un par de furtivas veces.

Luego suena el celular de la lola opinóloga, dice: "Es Pedro". La otra guarda silencio y se la queda mirando con ojos de cordero degollado, y la otra contesta el teléfono con un "Hola amor" (¡Cuánta modernidad!), y hablan sobre un libro que tiene que llevar al día siguiente al colegio. Amor para arriba y amor para abajo.

Pobre Pedro, pensé en un momento. Aunque desde mi sensibilidad Masculina pensé luego que más bien era un pobre pelotudo, que no atisba ni el más mínimo deseo y pasión que su polola guarda en su interior, y que prefiere compartirlo con su amiga enamorada.

Cada ser humano guarda un secreto de deseo, cada persona debe hacer un viaje interno, vivir una aventura antes de caer en cuenta que la realidad no lo permite. Salí contento después de ver la película. Es lo que esperaba ver: volver a sentir el vértigo de lo que era una relación imposible, sin tener que vivir en carne propia esa tortuosidad. Salí caminando, mientras la de zapatillas rojas arrebataba del brazo a su amiguita y entre risas se fueron corriendo al baño.

La salvedad del asunto es que mañana a las 10 de la noche darán before sunset en HBO.

Wednesday, March 15, 2006


Hay tantas cosas que me conmovieron de Saraband, la última película de Bergman: su estructura novelesca; las claras reminiscencias psicoanalíticas de la historia; su mirada neutra ante dramas cercanos y verosímiles que nos desarman; la implacable inercia de la vida, donde nuestros actos van sumando a un todo del cual no podemos librarnos aunque queramos; pero sobre todo me estremeció el crudo retrato que hace de la vejez.

Cuando dejemos de ser hábiles, cuando dejemos de tener valor económico, bien sea en términos de dinero, fama, fuerza de trabajo, sexualidad, es decir, cuando ya no sirvamos para nada y a nadie, el valor de nuestra vida se tornará difuso para los demás.

Tengo miedo de llegar a viejo, de quedarme solo, sin nadie que se preocupe por mí. Soy un poco cascarrabias, un tanto intransigente y también mañoso, pero ni más ni menos que el común de la gente, y me pregunto: ¿Quién cuidará de mí cuando ya no valga nada? Debo de confiar en los afectos que he cultivado durante la vida, me respondo, aunque tal vez no sea suficiente: basta mirar alrededor, aquí frente a mi casa, en el Parque Forestal, y ver las decenas de viejos solitarios sentados en una banca, o acarreados en una silla de ruedas por una enfermera. Además, los pocos grandes afectos que conservo y cuido, seguramente, para entonces, van a estar pasando penurias semejantes a las mías, y quizá la mayor compañía que podamos brindarnos será una llamada matutina para saber cómo va la próstata o la artritis, si es que aún conservamos el juicio.

Más de alguien replicará: para eso están los hijos. Bueno, no tengo la suerte de tener hijos. En la película, los hijos tampoco están ahí para los ancianos: no quieren saber nada de ellos por antiguas querellas o se han marchado lejos. Quienes los conservan cerca y mantienen una buena relación pueden sentirse un tanto más respaldados; aún subsiste un cierto deber moral de cuidar a los padres durante la ancianidad. Sin embargo, la vida moderna hace cada vez más difícil esta tarea y van quedando pocos que tienen el tiempo, el espacio y la generosidad para sacrificar parte de su vida ofreciendo cuidado y compañía a un viejo inútil.

Como resultado de esta cuenta amarga, estimados lectores, una mayoría de ustedes terminará sus días en una interacción más cercana con su cuidadora o con el vecino de pieza en la casa de reposo, que con sus propios hijos.

Propósitos y loables ideas para cambiar este estado de cosas existen por cientos, cada uno de nosotros ya habrá tomado sus propias precauciones, pero, como inspiración para la lucha, prefiero una imagen de la película: un viejo huraño mirando a la cámara lleno de indignación, corroído por la angustia. Pareciera decir: no bastan los eufemismos y las buenas intenciones.

Sunday, March 12, 2006


Resulta que el año pasado por estas mismas fechas, me encontraba en la playa del canelo acompañando a mi familia, en especial a mi viejo que necesitaba unas vacaciones, aunque debo admitir que las de él siempre han sido cortas y regularmente tranquilas. Y ahí me encontraba una mañana caminando por la playa que en las mañanas no suele ser muy concurrida y de acá para allá descubrí una mujer bellísima, de unos sesenta años, que leía un libro muy grueso del que de vez en cuando despejaba los ojos para llorar. Lloraba mirando el horizonte, sin importarle que alguien la viera, aunque lo cierto es que en la playa, a partir de cierta edad, no te mira ni Dios. La mujer me sorprendió de forma casi insólita. Pareciera que hubiese dedicado toda su vida a la preparación de la esplendida madurez que ahora exhibía. Tu sabes, normalmente los chilenos solemos decir “se ve bien para tener 60 años”, en este caso, tendría que decir que estaba bella gracias a sus 60 años, porque me transmitía la impresión de que lo primero era consecuencia de lo segundo.

Y ahí me senté muy cerca de ella cuál chileno “weon sapo copuchento” y como digo, lloraba, un rato y luego volvía a la lectura. Yo iba y venia, aunque cada vez venía antes para ver si lograba averiguar el titulo del libro, el cuál estoy seguro, no era “Condorito edición de oro”, pero era imposible, lo tenia forrado. La mujer reinaba sobre una toalla que constituía una pequeña patria, pero al alcance de su mano, había un bolso del que de vez en cuando sacaba la cajetilla de cigarros y se fumaba uno, lo encendía después de haber llorado, como otros lo hacen luego de tener sexo, y se lo fumaba con la mirada perdida en el horizonte. Siempre hacia una cosa a la vez, o leía, o fumaba, o lloraba, no porque no supiera hacer dos cosas a la vez, (pensaba yo que la había idealizado a cien por hora), sino porque parecía educada en disfrutar con orden de la vida.
A primera vista, resulta imposible saber si lo que la hacia llorar era el libro o la vida.

Tampoco logré averiguarlo, porque aunque planeé mil estrategias para hablar con ella, no me atreví nunca. Y así todas las mañanas yo partía a caminar por la playa y al veía. Siempre pérdida en sus pensamientos...perdida en el horizonte costero, siempre llorando...siempre.

Luego simplemente desapareció. Y no volví a verla, al menos en al realidad porque su imagen continuó viviendo en mi imaginación. Me pareció que una mujer que lloraba en la playa, con un libro entre las manos, era un buen comienzo. Pero como todo hay muchas historias como ésta que se pudren. En todo caso, no fui capaz de continuarla en mis palabras. El último relato siempre era el mismo que el primero: una mujer, en la playa, lee un libro del que de vez en cuando levanta los ojos para llorar. A su alrededor, la gente pasea, o se duerme o se come una
palmera dulce, indiferente a su lectura y a sus lágrimas.

Por mi parte a los días volví a Santiago, los días se empezaron a suceder con la exasperante regularidad con la que gotea la llave del baño, fui capaz de arreglar la llave, pero los días continuaban goteando. Yo me enterraba la almohada escuchando el maldito “chop chop” agónico que desde mi dormitorio o desde el escritorio.

Hay momentos en la vida en que te ayuda a dormir lo mismo que te desvelaba. Empecé a encontrar cierto placer asmático en aquella rutina jadeante. El jadeo tiene poco prestigio, pero es la antesala de la muerte y, por lo tanto, de la resurrección.

El otro día tome el metro en la nueva estación de plaza Egaña y me encontré con la mujer de la playa. Iba sentada con un libro forrado en las manos. Se había teñido el pelo de blanco y se había cortado la melena…ahora el pelo solo le llegaba a la altura de su cuello. Era tan atractiva como el día que la vi. Supuse que la historia se cerraría ahora de algún modo, pero se bajo dos estaciones mas allá y yo permanecí sujeto a la barra, preso de la nostalgia y odiando el hecho de tener siempre la plata justa y no poder bajarme y hablarle.

Y la historia queda inconclusa para mi, me molestan lo finales cerrados, pero la nostalgia que pudo dejar en mi esa mujer, esas lagrimas, y esa sensación de ausencia me intriga. Seria absurdo e innecesario el hecho de creer que pudiera encontrármela otra vez, sin embargo hay días en que voy de arriba abajo y me detengo a observar los alrededores. De momento no ha aparecido. La llave del baño volvió a gotear con la monotonía con la que el martes sucede al lunes y el miércoles al martes.



Thursday, March 09, 2006


Cada mujer es una posibilidad infinita. Por eso las sigo en la calle, invitándome a vivir posibles opciones, como un actor en busca de un rol, un papel en blanco que debe ser escrito, con sangre, con lágrimas o con la eyaculación blanca de la felicidad. Me pierdo en las avenidas, paso de un vagón a otro, hipnotizado con encajes estivales y piernas magnéticas que no se rinden.

Entonces veo posibles futuros, televisores encendidos, niños felices, niños tristes, casas vacías, cheques en blanco, autos en pana, botellas de vino, sillones, calendarios, termómetros, ataúdes. Y me alegro de ser solamente un voyerista de turno, un ser anónimo desafiando al destino con juegos infantiles de autodefinición.

Veo mujeres y formo parte de este baile cotidiano, de este teatro de azares y conexiones. Y las sigo, es verdad, como un perro detrás de un dueño, un vampiro que anhela un cuello venoso para morder y poder sobrevivir.

Fotografías internas de viajes diarios por las calles de asfalto, recomponer los fragmentos para recrear escenas que vendrán… o que nunca vendrán. Por mientras un café y la persecución de unicornios situados en oasis. Porque Peter Ustinov tiene la clave: “las mujeres de ensueño son una ilusión óptica’’. La pura verdad.

Monday, March 06, 2006

La casa no es muy grande, sin embargo mi asesino se ha podido instalar en un rincón junto a la caja donde transporta sus herramientas criminales.

Cenamos juntos cuando vuelvo de la jornada infame de trabajo.

Después me acuesta con un beso en la frente y me cierra los párpados.

...Yo inmovilizo los pulmones para no respirar su aliento, y no sentir sus besosmortales que han de matarme un día.